Dos zapatos a medida de Abraham Zambrana, uno bordado y otro con lazo de gros, sobre la mesa del despacho de Eduardo Domínguez-Lobato

Zapatos a medida: lo que el calzado dice de un abogado

De los tacones rojos de Versalles al taller de un zapatero de Jerez: por qué el calzado es la última prenda que se mira y la primera que delata.

En la sala de vistas, la toga iguala. Cubre el traje bueno y el traje gastado, la corbata elegida con cuidado y la anudada a toda prisa en el pasillo.

El artículo 187 de la Ley Orgánica del Poder Judicial la impone a jueces, magistrados, fiscales, secretarios (hoy letrados de la Administración de Justicia), abogados y procuradores precisamente para eso: para que quien habla en estrados sea una función y no una persona. Pero la toga tiene un límite. Termina casi a la altura del tobillo. Por debajo de ella, sin uniforme ni reglamento que lo ordene, asoman los zapatos.

Y los zapatos hablan. Hablan tanto que, durante siglos, el poder se ocupó de regular quién podía llevar cada tipo de zapato.

Un privilegio de color rojo

Luis XIV llevó tacones desde su juventud y no los abandonó nunca. En el célebre retrato de Hyacinthe Rigaud, pintado en 1701, el rey aparece con medias de seda y zapatos de tacón alto teñido de rojo.

No era una extravagancia personal.

A comienzos de la década de 1670, el monarca dejó claro que solo un grupo selecto de nobles podía llevar el tacón rojo en la corte. Aquel color dejó de ser un adorno y se convirtió en una credencial: a los jóvenes cortesanos privilegiados se les llamó, sin más, les talons rouges. La moda sobrevivió al rey, se extendió a otras cortes europeas y solo la Revolución de 1789 la bajó del pie.

Conviene retener la lección, porque es la misma que recorre toda esta serie: lo que hoy parece capricho fue, en su origen, un código.

El zapato decía quién eras antes de que abrieras la boca.

La nobleza del XIX y sus licencias

El siglo XIX, más burgués y más sobrio, no acabó con esos códigos; los refinó. El caballero de la época tenía un zapato para cada hora y cada lugar, y en algunos de ellos se permitía licencias que hoy tomaríamos por excentricidades.

La primera es la zapatilla de casa. En la Inglaterra victoriana, el caballero se quitaba al llegar a casa las botas manchadas del barro de la calle y se calzaba una zapatilla blanda de terciopelo, la que la tradición asocia al príncipe Alberto, esposo de la reina Victoria.

La aristocracia hacía bordar en la pala el escudo de la familia, unas iniciales o un motivo ornamental. Era un calzado para el salón, el club y la sala de fumar, y por eso podía permitirse lo que el zapato de calle no se permitía: el color y el bordado.

La segunda es el lazo. El zapato de etiqueta de los siglos XVII y XVIII se cerraba con hebilla de plata o de acero. A comienzos del XIX, George Bryan Brummell, el árbitro de la elegancia londinense que ya apareció en estas páginas a propósito de la corbata, prescindió de la hebilla y la sustituyó por un lazo de gros. De ahí viene el zapato de ópera que aún hoy acompaña al frac: piel de una pieza, charol y un lazo de cinta donde antes brillaba el metal. El lazo, que a ojos de hoy puede parecer un gesto atrevido, fue en realidad la fórmula de la máxima formalidad.

Dos pares hechos en Jerez

Todo esto viene a cuento de dos pares de zapatos que tengo en casa, hechos a medida por Abraham Zambrana, zapatero de Jerez.

El primero es un Oxford de corte entero, de una sola pieza de piel color mostaza, cubierto de bordado: margaritas blancas, flores carmesí, hojas verde agua y zarcillos rojos que trepan desde la puntera hacia los cordones.

A cualquier andaluz le recordará enseguida el mantón de Manila, aquel tejido que llegó de China a través del galeón de Manila y que España acabó haciendo suyo. Es la zapatilla bordada del aristócrata victoriano, sacada del salón a la calle y pasada por Andalucía.

Oxford de corte entero bordado, hecho a medida por Abraham Zambrana. La suela, lacada en rojo.

El segundo es un Oxford de puntera recta en piel azul grabada, con la puntera de charol azul noche y, en lugar de cordones, una ancha cinta de gros anudada en lazo. Es el gesto de Brummell trasladado a un zapato de día.

Los dos pares comparten un detalle que no se ve hasta que el pie se levanta: la suela, lacada en rojo. Versalles, otra vez.

Oxford con puntera de charol y lazo de gros, de Abraham Zambrana.

El oficio que elige

Abraham Zambrana no empezó haciendo zapatos. Empezó en la guarnicionería, como alumno de la Real Escuela, trabajando el cuero de las monturas y los arreos. Él mismo lo cuenta con una frase que vale para cualquier vocación:

«Más que yo elegí el oficio, yo creo que el oficio me elige a mí».

Una visita de alumnos franceses le abrió la puerta de Francia. Allí, en el taller de Didier Duluc, un artesano del cuero de Mirande, en la Gascuña, entró por primera vez en una zapatería y, en sus palabras, se enamoró del oficio. Pasó cerca de dos años formándose con él y después recorrió varios talleres de Europa antes de volver a Jerez.

El recorrido tiene algo de simbólico. Durante siglos, el calzado del caballero fue, literalmente, la bota de montar. Que un zapatero jerezano haya llegado al zapato desde la silla del caballo es una forma muy de esta tierra de cerrar el círculo. Su trabajo ha recibido el Premio Nacional de Moda a la Excelencia Empresarial, Premano, en 2018, y el Premio Ciudad de Jerez a la Creación. Su divisa, «zapatos para siempre», resume la diferencia entre un objeto que se compra y uno que se encarga. Puede seguirse su trabajo en Instagram, en @abrahamzambranashoes.

Lo que el zapato dice del abogado

Se dirá que unos zapatos bordados o con lazo no son calzado para estrados, y es verdad. El decoro forense pide sobriedad, y la toga existe para que la atención vaya al argumento y no al argumentista. Pero la lección de estos zapatos no está en el bordado; está en la hechura.

Un zapato a medida obliga a algo que el abogado debería practicar todos los días:

Escuchar antes de cortar.

El zapatero toma medidas, prueba, corrige y vuelve a probar, porque sabe que un milímetro de error lo pagará el cliente en cada paso. El buen escrito se hace igual. Y hay otra coincidencia.

Del abogado, como del zapato, lo primero que se ve es el brillo; lo que de verdad cuenta es la suela, lo que no se ve hasta que hay que caminar.

Luis XIV usó el color del tacón para separar a los suyos del resto. Hoy nadie necesita esa licencia, pero el principio sigue en pie:

Quien cuida lo que no se ve suele cuidar también lo que no se dice.

Y en un tribunal, donde la toga lo iguala todo, los zapatos siguen siendo lo único que el abogado elige por sí mismo.

EL DETALLE DEL LETRADO

Mírese los zapatos antes de ponerse la toga. No hace falta que sean bordados ni que lleven lazo; basta con que estén limpios, bien cuidados y hechos para caminar. Un juez tal vez no se fije en ellos. El cliente que espera en el pasillo, casi seguro que sí.

Los dos zapatos: lo último que se mira y lo primero que delata. Domínguez Lobato Abogados

Fdo.: Domínguez-Lobato, Eduardo

Eduardo Domínguez-Lobato Rubio

Sobre el autor

Eduardo Domínguez-Lobato Rubio es abogado, colegiado n.º 92991 del Ilustre Colegio de la Abogacía de Madrid, máster en Derecho de Familia y doctorando en Ciencias Jurídicas en la Universidad Camilo José Cela. Está al frente de Domínguez Lobato Abogados, en Madrid, Jerez y Sanlúcar. Conozca su trayectoria.

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Acerca Eduardo Domínguez-Lobato Rubio

Abogado, colegiado n.º 92991 del ICAM. Máster en Derecho de Familia y doctorando en Ciencias Jurídicas (Universidad Camilo José Cela). Segunda oportunidad, familia, herencias, empresa y fiscal. Madrid · Jerez · Sanlúcar.

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