Lo primero que la toga esconde
De la nariz de un rey de Inglaterra al bolsillo de la chaqueta del abogado: un cuadrado de seda que nunca ha servido para lo que parece
Sobre mi mesa, encima de dos ediciones del Quijote y a los pies de un caballero de la Triste Figura en chapa de metal, hay esta noche cuatro pañuelos. Uno es de seda naranja, con flores azules y rosas que parecen salidas de un mantón. Otro es azul marino y lleva bordada una corona real sobre unas ramas de laurel. El tercero es rojo, con un menudo lunar blanco. El cuarto, de cachemira, mezcla el granate, el azul y el oro como una alfombra persa. Ninguno de los cuatro ha tocado nunca una nariz. Ninguno lo hará.

Ahí está la paradoja de esta prenda mínima. El pañuelo nació para lo más humilde del cuerpo y acabó en el lugar más visible del traje, a un palmo del corazón y a la altura de la mirada de quien nos habla. Por el camino perdió su utilidad y ganó algo más difícil de definir: se convirtió en la firma de quien se viste.
Mi amigo Paco Cecilio, que lleva más de tres décadas vistiendo a hombres desde sus tiendas de Madrid, lo dice en su libro Reinventa tu estilo con la franqueza de quien lo ha visto todo detrás de un mostrador: el pañuelo en el bolsillo exterior de la americana «es un toque de distinción y elegancia», y aunque pocos hombres se atreven a usarlo, para él «es imprescindible». En la portada del libro aparece de brazos cruzados y con un pañuelo asomando de la chaqueta. Predica con el ejemplo.
De la nariz del rey al bolsillo del pecho
Los antepasados del pañuelo son tan antiguos como la ciudad. En Egipto, en Grecia y en Oriente, los poderosos empapaban cuadrados de lino en perfume para defenderse de los olores de la calle. En Roma, según la tradición, el emperador daba con un paño la señal para que comenzaran los juegos. El pañuelo era entonces un instrumento de distinción antes que de higiene.
La primera noticia documental del pañuelo de nariz tiene, en cambio, fecha y firma. En las cuentas del Gran Guardarropa de Ricardo II de Inglaterra, a finales del siglo XIV, aparecen pagos por pequeños paños de lino destinados, dice el latín administrativo de los contables, pro naso regis tergendo:
«para limpiar la nariz del rey».
Durante mucho tiempo se repitió que aquel monarca había inventado el pañuelo. Un estudio publicado en la revista Albion en 1995 puso las cosas en su sitio: las cuentas prueban que el rey usaba esos paños, no que los inventara.
Un abogado no puede leer esa corrección sin una sonrisa de oficio. Es la primera lección que da el pañuelo, y no tiene nada que ver con la moda:
Un documento prueba lo que dice, y nada más.
Un decreto para la geometría
Durante siglos el pañuelo tuvo todas las formas imaginables: redondo, ovalado, rectangular, con flecos y encajes que lo hacían más joya que lienzo. Se cuenta que a finales del siglo XVIII María Antonieta, cansada de aquella anarquía, convenció a Luis XVI de que ordenara que todos los pañuelos del reino fueran cuadrados, con el largo igual al ancho. La historia se repite en casi todos los libros de estilo, aunque yo no he logrado ver el texto de ese decreto, así que la dejo como lo que es: una tradición con mucha elegancia y poca prueba.
Sea o no cierta, el resultado está a la vista. El pañuelo es cuadrado, y ese cuadrado es el que permite todos los pliegues que vendrían después.
Uno para mostrar, otro para usar
El pañuelo llegó al pecho por una razón práctica. A lo largo del siglo XIX se impuso el traje de chaqueta, y el caballero dejó de guardar el pañuelo en el bolsillo del pantalón, donde se ensuciaba con las monedas, para llevarlo en el bolsillo del pecho, con una punta asomando. De ahí nació una costumbre que todavía distingue al hombre cuidadoso:
-Llevar dos pañuelos. Uno, en el pecho, para que lo vean. Otro, en el bolsillo interior o en el pantalón, para usarlo.
El siglo XX lo convirtió en arte. La estampación de la seda multiplicó los colores y los dibujos, y entre los años veinte y los sesenta no hubo actor elegante que no lo llevara: Fred Astaire, Cary Grant, Gary Cooper. En la Segunda Guerra Mundial, los aviadores aliados volaban con pañuelos de seda en los que se habían impreso mapas del territorio enemigo, porque la seda no se rompía ni se deshacía con el agua como el papel. Hubo un pañuelo, en suma, que sirvió para volver a casa.
Después vino el declive. El traje se aflojó, la corbata se quedó en el cajón y el pañuelo de bolsillo pasó a parecer cosa de abuelos o de bodas. Hasta que, a comienzos de este siglo, las series de televisión y una nueva generación de sastres lo devolvieron al lugar del que nunca debió salir.
Paco no se fía del todo de ese regreso. En su libro se pregunta si los hombres españoles vestimos bien y se contesta él mismo: «NO, EN MAYÚSCULAS». Le duelen la boda a la que se acude con la camisa desabrochada y el traje que se lleva sin corbata. Y recuerda una frase que se atribuye tanto a Coco Chanel como a Oscar Wilde: no hay una segunda oportunidad para causar una primera impresión. Un abogado que dedica buena parte de su ejercicio a la Ley de Segunda Oportunidad no puede leerla sin sonreír, pero tiene que darle la razón: en el vestir, como en el primer escrito de un pleito, la segunda oportunidad rara vez llega.
El pañuelo como prueba
Hay un pañuelo que ha hecho más daño que ningún otro, y está en el teatro. En Otelo, de Shakespeare, Desdémona pierde un pañuelo bordado de fresas, el primer regalo de su marido. Su doncella, Emilia, lo recoge y se lo entrega a su marido, Yago, que decide dejarlo en el alojamiento de Casio para que lo encuentre. Antes, explica en voz alta lo que espera de él: que para el celoso, cosas tan ligeras como el aire valen como confirmaciones tan firmes como las pruebas de la Sagrada Escritura. Otelo ve el pañuelo en manos ajenas, da por probada la infidelidad y mata a su mujer, que era inocente.
Leída con ojos de jurista, la tragedia es un tratado sobre la prueba de indicios mal hecha. El artículo 386 de la Ley de Enjuiciamiento Civil permite al tribunal presumir un hecho a partir de otro que esté probado, pero solo «si entre el admitido o demostrado y el presunto existe un enlace preciso y directo según las reglas del criterio humano». Exige además que la sentencia explique el razonamiento por el que llega a la presunción y permite siempre al perjudicado la prueba en contrario. Otelo no cumplió ninguna de las tres cosas. Del pañuelo en manos de Casio no se seguía, de forma precisa y directa, el adulterio de Desdémona; no razonó, porque los celos no razonan; y no dejó a su mujer defenderse.
Cada vez que un abogado se enfrenta a una acusación que descansa sobre un solo indicio, conviene recordar el pañuelo de Desdémona.
Cómo se lleva
El pañuelo admite pocas reglas, pero firmes.

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No debe hacer juego con la corbata. El pañuelo y la corbata del mismo tejido, vendidos en estuche, son el error más común. El pañuelo debe recoger uno de los colores secundarios de la corbata, de la camisa o del traje, y dialogar con ellos, no repetirlos.
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El tejido decide el pliegue. La seda se lleva ahuecada, con el centro asomando como una flor recogida. El lino y el algodón admiten el pliegue recto, una línea blanca y limpia sobre el borde del bolsillo, que es el más sobrio y el más adecuado para el despacho.
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Ha de parecer que se ha puesto sin pensar. Ningún pliegue debe dar la impresión de haber costado un cuarto de hora ante el espejo, aunque lo haya costado.
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Menos es más. Un pañuelo discreto con un traje oscuro dice más que un pañuelo llamativo con un traje que ya habla por sí mismo.
En la primera de esas reglas Paco y yo discrepamos, y la discrepancia es instructiva. Él cuenta que «antiguamente combinábamos el pañuelo exterior de la chaqueta con la corbata» y que hoy pide a sus lectores que arriesguen: que lo combinen con los calcetines, con unos zapatos de color o con el cinturón. Para una boda lo prefiere, a ser posible, blanco como la camisa. Yo, que paso las mañanas entre juzgados y notarías, me quedo con la versión más prudente. Pero en lo esencial coincidimos: el pañuelo no se pone por inercia; se elige.
Lo que la toga esconde
En esta misma sección escribí que la toga lo cubre todo, menos los zapatos. Con el pañuelo ocurre lo contrario: es lo primero que la toga esconde. Cuando el abogado se pone la toga para entrar en sala, el bolsillo del pecho queda casi siempre bajo la tela negra, y con él el pañuelo. Quizá por eso el pañuelo pertenece al despacho, a la reunión, a la conferencia y a la firma ante notario, que son los lugares donde el abogado no lleva uniforme y se le juzga, todavía más, por lo que elige.
Paco lo dice con palabras de comerciante, que en esto son las más exactas: «Todos somos marca; cada mañana salimos a la calle a “vender” nuestro producto». Y añade que la persona que tenemos enfrente se hace una impresión de nosotros en los primeros quince segundos. Para un abogado, esos quince segundos son los del primer apretón de manos en el despacho, antes de que el cliente haya empezado a contar su problema.
Y ahí el pañuelo dice algo preciso. Dice que quien lo lleva ha tenido tiempo para un detalle que nadie le exigía, y que lo ha resuelto con mesura. Un cliente que confía sus asuntos a un abogado busca exactamente eso: alguien que repare en lo pequeño sin perder de vista lo grande.
En el prólogo del libro de Paco, Alfonso Merlos recoge una idea que vale para el traje y para el oficio: que la verdadera elegancia no consiste en que lo que nos ponemos nos mejore, sino en mejorar lo que nos ponemos.
Paco Cecilio

Paco Cecilio es empresario y asesor de imagen especializado en moda masculina. Fundó en 1989 la firma que lleva su nombre, con la que ha vestido a varias generaciones de hombres en Madrid, y desde hace años enseña a vestir bien en su blog, la Escuela del Buen Vestir, y en los medios de comunicación con los que colabora. Su libro Reinventa tu estilo. Haz que el outfit hable por ti (Círculo Rojo) es un manual de sentido común para quien quiera dejar de disfrazarse y empezar a vestirse.
El ejemplar que tengo en mi mesa lleva una dedicatoria de su puño y letra, fechada el 29 de abril de 2026. En ella me pide que no pierda nunca «esa afición de saber qué ponerse según sea la comunidad en la que te muevas». Este artículo es mi respuesta, Paco: un pañuelo en el bolsillo, por si alguna vez lo dudabas.
Puede seguir a Paco Cecilio en su web, pacocecilio.com; en su blog, elblogdepacocecilio.es; y en Instagram, @pacocecilio. También está en Facebook y en X.
EL DETALLE DEL LETRADO
Lleve dos pañuelos: uno en el bolsillo de la chaqueta, para que se vea, y otro en el bolsillo interior, para que sirva.
Que el primero no repita la corbata y que el segundo esté siempre limpio. Antes de ponerse la toga, si va a entrar en sala, compruebe que el pañuelo de la chaqueta no asoma por la abertura:
–En la sala, el único que debe destacar es el argumento.
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