Todo náufrago tiene un sueño

Hay una imagen que resume, mejor que ningún tratado, la condición de quien no se resigna: la del hombre que ha perdido el barco y, sin embargo, sigue mirando el horizonte. Porque todo náufrago tiene un sueño, entre las olas; y ese sueño —terco, inútil a los ojos del sensato— es lo único que a veces separa a quien vuelve a nadar de quien se deja hundir.

Vivimos tiempos que desconfían de los que sueñan. Se los tolera en los discursos y se los aparta de las decisiones. Y, no obstante, la historia la mueven casi siempre esos irreductibles soñadores que se empeñan en imaginar un mundo que todavía no existe, como si la fantasía entendiera de fronteras, cuando precisamente su grandeza es no entender de ninguna: no hay aduana que registre una idea, ni muro que detenga una convicción.

El primero en ver la tormenta

Soñar despierto, sin embargo, tiene un precio. Quien se atreve a mirar más lejos que los demás suele ser también el primero en advertir del peligro del oleaje, y, por eso mismo, el primero en ser tomado por agorero. Ver antes que nadie no se perdona: se castiga.

Winston Churchill lo aprendió en carne propia. Durante los años treinta, apartado del poder, recorrió lo que él mismo llamaría su travesía del desierto advirtiendo, casi en solitario, de la tormenta que se avecinaba sobre Europa —así, The Gathering Storm, «la tormenta que se avecina», titularía después aquel volumen de sus memorias—. Le respondieron con la estrechez de algunas mentes que confundían la prudencia con la ceguera y la firmeza con el exceso. Era más cómodo tacharlo de exagerado que darle la razón.

Detrás de aquella sordera latía algo más incómodo que la pereza. Latía la extensa reflexión política sobre la vanidad: la de quienes prefieren tener razón mañana a incomodar hoy, la de los que anteponen su comodidad al deber de advertir. Y latía, sobre todo, esa pregunta que ninguna sociedad libre debería dejar de hacerse: ¿y si ganaran los que no debieran? Porque el mal, cuando triunfa, casi nunca llega con estruendo; llega con buenos modales, y a veces incluso elegido y aplaudido, mientras los sensatos callan por no parecer inoportunos.

Empezar desde el bordillo

No era la primera vez que Churchill naufragaba. En 1915, el desastre de los Dardanelos lo había hundido: dejó el Almirantazgo en desgracia, con miles de muertos a sus espaldas y su carrera hecha astillas. Tenía cuarenta años y todo por rehacer. Fue entonces cuando descubrió la pintura —la Musa de la Pintura, contaría luego, vino en su auxilio— y aprendió que a veces no queda otra que empezar en el bordillo de alguna acera, desde lo más bajo, sin más equipaje que la voluntad de volver a levantarse.

De aquellos años de derrota sacó lo que ninguna escuela imparte. Hay una ética que no se enseña en las aulas ni se aprende en los éxitos; se forja en los fracasos, cuando nadie mira y todo invita a rendirse. El carácter no es una asignatura: es un residuo de las noches difíciles.

En mayo de 1940, cuando la tormenta que había anunciado estalló al fin, Inglaterra fue a buscar al hombre al que había ignorado. Churchill volvió al poder, y le tocó la más ardua de las tareas: reencontrar lo perdido —lo suyo y lo de un continente entero— y sostener, con poco más que palabras, la moral de un pueblo acorralado. Poco después, ante los alumnos de su vieja escuela, lo resumiría en una fórmula que ya no necesita firma: no rendirse nunca; nunca, nunca, nunca.

La forma más honda de la libertad

Quizá esa sea la única lección que merezca la pena repetir. Que los sueños no entienden de mapas ni de mayorías. Que conviene desconfiar de quienes desprecian a los que sueñan, porque suelen ser los mismos que temen despertar. Y que, mientras quede un solo náufrago mirando el horizonte, no está todo perdido.

Todo náufrago tiene un sueño, entre las olas. Y esa —no otra— es la forma más honda de la libertad: la de negarse a que el oleaje decida por nosotros.

Fdo.: Domínguez-Lobato, Eduardo

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