Hay una idea instalada, tan extendida como equivocada, según la cual la presencia del abogado es una cuestión accesoria: un barniz estético ajeno al verdadero trabajo jurídico, que se agota en la norma y en el argumento. Esta sección parte de la premisa contraria. La forma en que un letrado se presenta ante un tribunal, ante la parte contraria o ante su propio cliente no es decoración: es parte del mensaje.
Aristóteles ya lo explicó hace más de dos mil años al describir los tres pilares de la persuasión retórica: el logos (el argumento), el pathos (la emoción que se transmite) y el ethos (la credibilidad de quien habla). La presencia del letrado pertenece de lleno a este tercer pilar. Un juez, un compañero de profesión o un cliente no valoran únicamente lo que se dice, sino también la autoridad serena con la que se dice. Esa autoridad se construye, en buena medida, antes de que se pronuncie la primera palabra.
Una exigencia con respaldo normativo, no solo estético
La sobriedad y el decoro del abogado no son una preferencia personal: están incorporados al propio Estatuto de la Abogacía Española
(Real Decreto 135/2021), que impone al letrado el deber de actuar con dignidad en el ejercicio profesional, tanto dentro como fuera de los tribunales. Esa dignidad se proyecta, entre otros planos, en la vestimenta y en el comportamiento durante los actos procesales.
El uso de la toga sigue siendo, en la mayoría de los órdenes jurisdiccionales, una exigencia reglamentaria y no una tradición decorativa. Su función original —igualar visualmente a quienes intervienen en el proceso, subordinando la persona a la función— explica por qué su empleo se regula con un detalle que sorprendería a quien lo vea por primera vez como algo meramente simbólico. El protocolo forense añade, además, un código no escrito pero firmemente asentado: cómo dirigirse a la Sala, cuándo permanecer en pie, cómo administrar el turno de palabra, cómo gestionar el silencio.
Todo ello compone lo que aquí llamamos la presencia del letrado: la suma de imagen, comportamiento y oratoria que un profesional pone al servicio de la defensa que ha jurado ejercer con lealtad y dignidad.
Por qué esta sección existe
En esta serie no trataremos la apariencia como un fin en sí mismo, sino como un instrumento al servicio de la credibilidad profesional —el mismo bien jurídico, en el fondo, que ya analizamos al hablar de la credibilidad testifical y la sana crítica—. Un abogado puede tener razón, dominar la norma y haber construido la mejor estrategia probatoria; si su presencia transmite descuido o inseguridad, esa razón llega debilitada. La elegancia forense, entendida como sobriedad, coherencia y dominio de uno mismo, no sustituye al argumento jurídico, pero lo acompaña y lo refuerza.
Por eso, cada entrada de esta sección cerrará con un detalle breve de sastrería o protocolo de vestuario masculino aplicado al ejercicio profesional: pequeñas convenciones que, bien conocidas, distinguen a quien las domina de quien simplemente las ignora.
EL DETALLE DEL LETRADO
En la chaqueta de un traje bien construido, los botones de la manga no son siempre decorativos. Cuando los ojales están realmente cosidos y funcionan —lo que la sastrería inglesa denomina surgeon’s cuffs, «puños de cirujano»—, dejar desabrochado el último botón de la botonadura es una forma discreta de mostrar la calidad de la prenda. El origen es curioso: a comienzos del siglo XIX, los cirujanos militares vestían chaqueta incluso mientras operaban en el campo de batalla, y los sastres de Savile Row les añadieron ojales practicables en la manga para que pudieran remangarse sin desvestirse. Con el tiempo, el detalle se convirtió en signo de sastrería de calidad, porque en la confección industrial esos botones suelen ser meramente cosméticos.
Gianni Agnelli popularizó, décadas después, la costumbre de dejarlo suelto como gesto de sprezzatura: esa elegancia estudiada que parece casual sin serlo. En el ejercicio de la abogacía, sin embargo, conviene aplicar el detalle con moderación. Un solo botón desabrochado es una firma discreta de buen gusto; una manga entera abierta, en cambio, comunica descuido allí donde se espera precisión. La elegancia forense, como la argumentación, se mide también por lo que se sabe contener.
Dominguez-Lobato, Eduardo
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Domínguez Lobato Abogados Bufete de abogados en Jerez de la Frontera, Sanlúcar de Barrameda y Madrid