El problema de los juicios mediáticos

El problema de los juicios mediáticos no está en que la prensa informe sobre la Justicia, sino en que, bajo la apariencia de información, se construya un relato público que interfiera en las garantías del proceso y anticipe una condena social.

La Justicia no es una ceremonia de masas

El Estado de Derecho se funda sobre una idea difícil y magnífica: los conflictos no se resuelven por linchamiento, sino por procedimiento.

Esa es una de las mayores conquistas de la civilización jurídica. Frente al grito, el expediente. Frente a la venganza, la prueba. Frente a la multitud, el juez. Frente a la sospecha, la motivación. Frente al deseo de castigo, la garantía.

Por eso la Justicia no puede competir con el titular. Cuando intenta hacerlo, pierde su majestad. Y cuando el titular pretende ocupar el lugar de la Justicia, pierde su legitimidad.

El juez no está para complacer a la audiencia. Tampoco para provocar a la audiencia. Está para juzgar conforme a la ley. Esa función exige independencia, pero también una forma de soledad institucional. El tribunal debe poder decidir incluso contra la corriente emocional del momento.

A veces deberá condenar cuando una parte de la opinión pública quería absolver.
A veces deberá absolver cuando una parte de la opinión pública exigía condenar.
A veces deberá archivar cuando el ambiente reclamaba escándalo.
A veces deberá continuar cuando el poder deseaba silencio.

Esa es la grandeza —y la carga— de juzgar.

El proceso como último refugio de la serenidad

Vivimos en una época que sospecha de la espera. Todo debe saberse de inmediato, decidirse de inmediato, difundirse de inmediato. Pero la Justicia pertenece a otra temporalidad. No a la lentitud negligente, sino a la pausa necesaria. La prueba necesita tiempo. La defensa necesita tiempo. La contradicción necesita tiempo. La verdad procesal necesita algo que el espectáculo detesta: paciencia.

La instrucción no es condena.
La acusación no es sentencia.
La apertura de juicio oral no es culpabilidad.
La declaración de un testigo no es verdad definitiva.
La filtración no es prueba.
La sospecha no es Derecho.

Recordar estas obviedades se ha vuelto casi revolucionario.

Porque una sociedad saturada de juicios paralelos corre el riesgo de olvidar que el Derecho no existe para confirmar nuestras intuiciones, sino para disciplinarlas. No existe para dar forma jurídica a nuestras simpatías o antipatías, sino para impedir que ellas gobiernen la vida de los demás.

Conclusión: volver al tribunal

Los juicios mediáticos nos obligan a defender una idea esencial: la Justicia no debe ser secreta, pero tampoco debe ser secuestrada por el espectáculo.

La libertad de información es indispensable. La crítica a la Justicia es legítima. La transparencia es necesaria. Pero ninguna de esas realidades autoriza a convertir un procedimiento en una condena anticipada, ni a tratar como culpable a quien todavía conserva intacta su presunción de inocencia, ni a sacrificar el honor, la intimidad y la propia imagen en el altar de la audiencia.

La Justicia es igual para todos cuando el proceso pesa más que el personaje.
Cuando la prueba pesa más que la sospecha.
Cuando la sentencia pesa más que el titular.
Cuando el juez pesa más que el ruido.
Cuando la dignidad de las partes sobrevive a la exposición pública del conflicto.

En tiempos de juicios mediáticos, defender la presunción de inocencia no es defender la impunidad. Es defender el método civilizado por el cual una sociedad decide quién debe responder y quién no. Es defender que nadie sea absuelto o condenado por aclamación. Es defender que la libertad de informar no se convierta en libertad de destruir.

Porque el Estado de Derecho no se mide solo en los casos silenciosos. Se mide, sobre todo, en aquellos en los que todos miran.

Y precisamente entonces, cuando el país entero parece exigir una sentencia antes de tiempo, la Justicia debe recordar su deber más antiguo: no dejarse arrastrar por la plaza, sino permanecer fiel al tribunal.

Dominguez-Lobato Rubio, Eduardo

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