1646 ,declarada la peste en Sevilla

Declarada la peste, el cabildo de la Ciudad acudió en cuanto pudo al remedio, y entre otras providencias tomó la de dar cuenta del suceso al Rey, que dió 50.000 ducados de la real Hacienda y dispuso se formase inmediatamente una junta llamada de la Salud, que en unión con otra nombrada por la Ciudad, abrieron 18 grandes salas en el hospital de la Sangre, u y organizaron los servicios públicos para hacer frente a la calamidad.

Entrado el mes de mayo creció la violencia de la epidemia y tanto que ya casi toda la ciudad era un hospital, no librándose del contajio la gente principal y acaudalada. Y aunque de esta se ausentó mucha, llenándose los lugares y casas de campo circunvecinas, y todo el Alfarafe, no por eso se preservaron muchos de ellos de la muerte. Entre tanto las juntas de la salud disponían gran número de carros y sillas de mano para llevar los muertos a los osaros y carneros, y a los hospitales de enfermos; pero a muchos de estos llegaba primero la muerte, y a no pocos les cojía en el camino.

De los que morían en las casas amanecían todos los días llenas las calles y las puertas de las iglesias. Todo era horror; todo llanto; todo miseria.

Faltaban médicos, no se hallaban medicinas. Los artículos de comer aún a precio exorbitante se conseguían con dificultad, valiendo tres y cuatro ducados un pollo o una gallina, y un huevo dos u tres reales. Faltaban pues los mantenimientos por más que la comarca estuviese abundante y bien abastecida; pero negábase a traerlos la gente de los pueblos por el temor al riesgo y el horror de lo que estaba pasando en la ciudad; con lo que crecía en muchos la codicia, que a duras penas refrenaban los delegados de las autoridades, en tanto que estas salían para hacer venir carne y pan y otros comestibles de absoluta necesidad.

Entre tanto , la muerte se cebaba sin piedad en la gente de todas clases y condiciones. Hubo dia que pasaron de dos mil y quinientos los muertos en los hospitales y casas particulares; y aunque se llenaban las bóvedas de las iglesias, ya con cabían los cadáveres en los cementerios ni en los carneros del hospital de la Sangre, que con ser estos diez y ocho y mi capaces, fue necesario disponer otros seis, previniéndolos con las bendiciones de la Iglesia.

De estos seis, abriose uno fuera de la puerta de la Macarena; otro en lo alto de los Humeros cerca de la puerta Real; otro en la puerta de Triana a un lado del convento del Pópulo; otro en la del Osario, y el sexto cerca de la hermita de San Sebastián.

Murieron doscientas mil personas…Acabándose familias enteras; quedó abandonado número grandísimo de casas; y despobláronse casi del todo barrios enteros como los de San Gil, Santa Lucía y Santa Marina

Acerca Eduardo Domínguez Lobato

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